domingo 4 de noviembre de 2007

José Chávez Morado: dibujo y grabado


Francisco Vidargas

José Chávez Morado fue uno de los grandes protagonistas de la impresión en papel. Su vocabulario gráfico se caracterizó por el empleo de recursos de elocuente expresión plástica, llegando a tener junto con sus colegas Leopoldo Méndez, Luis Arenal, Fermín Revueltas, Alfredo Zalce, Mariana Yampolsky y Pablo O´Higgins (miembros del Taller de Gráfica Popular), una inigualable “conciencia de la forma”, como ha señalado Raquel Tibol, equiparable “a la alcanzada por los expresionistas europeos”.

Heredero de las enseñanzas de maestros como Francisco Díaz de León, sobre todo en el desarrollo metodológico de los trabajos, así como en la aguda visualización de las formas y del diseño tipográfico, Chávez Morado percibió que dejar “diariamente” constancia gráfica de lo que veía a su alrededor, además de lo que le dictaba su interior, era una forma inmejorable de identificarse con el mundo y de descubrir la realidad. Por ello sus imágenes, vitales, irónicas y ásperas, muestran diversos grados de intensidad y creatividad dibujística, alcanzando su producción –escribe Tibol- “calidades muy maduras, muy decantadas, muy frescas”.

Olga Costa y Chávez Morado llegaron San Miguel de Allende a finales de los años treinta, residiendo allí por algún tiempo. Durante su estancia, entraron en contacto con el crítico de arte Felipe Cossío del Pomar quien, gracias al apoyo del general Lázaro Cárdenas, había creado en 1938 la Escuela Universitaria de Bellas Artes en el antiguo convento Real de la Inmaculada Concepción, que venía de ser escuela religiosa y albergue militar.

Institución de vanguardia que congregó a un destacado número de artistas, entre ellos Carlos Mérida, O´Higgins y David Alfaro Siqueiros, además del propio Chávez Morado que fue responsable del taller de grabado, la singular escuela inició a los alumnos que asistían a los cursos de verano, en lo que el propio peruano Cossío del Pomar llamó “la forma más barata de arte”.

En el San Miguel de aquella época prevalecían, comenta José de Santiago Silva,

ciertas costumbres de religiosidad casi feudal, frecuentemente crueles y de
belleza popular. La procesión, las pastorelas, las danzas y también el drama
social, no eran atracciones para turistas, sino parte viva de la vida del pue-
blo; de ahí surgieron bocetos que más tarde llevó a pinturas o litografías
como Las vírgenes locas (1943), Danzantes de machete (1938), Concheros,
México negro (1942), etc.


Más tarde Chávez Morado haría una velada crítica al experimento de la escuela abierta, a través del trabajo titulado Síntomas de la decadencia (1945), donde la población, desde una panorámica noctura, es visitada por monstruos y demonios. En primer término –tal como lo describe De Santiago Silva- “al lado derecho, descansa sobre un pedestal una escultura, un busto de un ángel que confunde por su anfibiológico parentesco con la estatuaria de los panteones y con la del arte clásico.”

La estancia del pintor en la escuela no tuvo buen término como se pudiera pensar, cansado tanto de la inercia educativa en que se vio inmersa, como en las pocas opciones que ofrecía, en aquel momento, la ciudad. El artista y su esposa emigraron definitivamente a la ciudad de México, y no volvieron a San Miguel sino mucho tiempo después, ya reconocidos mundialmente en el ámbito de las artes plásticas.

Sin embargo, la etapa sanmiguelense nos brinda un breve pero intenso panorama del trabajo dibujístico y gráfico que José Chávez Morado desarrolló mediante el empleo de rodillos, pinceles, maderas, linóleos, carbones, ácidos y tórculos, y que forma parte de uno de los conjuntos artísticos más vibrantes y elocuentes en el panorama del arte mexicano del siglo XX.
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Texto leído en la inauguración de la muestra Homenaje a José Chávez Morado. Dibujo y grabado en papel, curada por Francisco Vidargas (en colaboración con el Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato) para el 31 Festival Internacional Cervantino (2003).