domingo 14 de enero de 2007

Manuel Marín: carta a una galerista


Xalapa, Veracruz, julio de 1999.

Estimada Malú:

He visto recientemente la obra de Manuel Marín que expones en tu galería, la legendaría Juan Martín. Debo decirte que la obra de este escultor, pintor, dibujante, diseñador y matemático, llena de “convidados de hierro”, nuevamente me ha sorprendido. La que más me atrajo, en esta ocasión, es el espléndido Volcán caminando, que circulaba alegremente por la sala.

La serie que ahora presentará en Xalapa, según las fotografías que me has enviado, deja constancia de las obsesiones temáticas y técnicas recurrentes en Manuel: personajes, artefactos y animales pintados, sobredibujados en láminas recortadas y retorcidas. Son un laberinto de sueños, tiempos e historias, del que sale volando, caminando o nadando, la imaginación.

Sus obras corren el riesgo de ser tomadas, por espectadores apresurados, como meros divertimentos. Pero en realidad se trata de una alegoría escultórica que busca y reclama al espectador ideal, ya que como toda creación artística, tiene su tempo de lectura. Es un trabajo que para ser correctamente valorado, requiere de muchas vueltas ya que a cada giro que uno da, se renueva: universo plástico en expansión. Su lenguaje camaleónico metaforiza las formas. Es, como diría Julián Ríos, una “concatenación de objetos artificiales que simulan ser naturales”.

Manuel a través de su trabajo estético, es capaz de renovar el mundo sensorial de quienes lo observan, disparando la imaginación en infinitas direcciones. Cada escultura suya se abre y estimula al espectador, permitiendo siempre una regocijante mirada múltiple.

Termino estas líneas comentándote que espero ávido la próxima exposición de Manuel Marín para renovar mi gusto, como el de muchos, en su universo visual, que seguramente estará lleno de nuevas revelaciones.

Hasta pronto,

Francisco Vidargas

Manuel Marín, Zoológico de metal, Xalapa, Jardín de las Esculturas, 1999.

San Miguel en la mira: patrimonio y turismo


Francisco Vidargas

México ha contado desde principios del siglo XIX, con un creciente interés por el conocimiento y protección de su patrimonio cultural y turístico. A raíz del descubrimiento en 1790, de dos grandes piezas prehispánicas, la Coatlicue y la Piedra del Sol, mientras se llevaban a cabo trabajos de empedrado en la Plaza Mayor de la ciudad de México, se han sucedido en todo el país innumerables acciones, decretos, leyes y reglamentos concernientes a la salvaguardia de nuestra herencia cultural.

Entre los documentos jurídicos más importantes con que se ha contado destacan la Ley de Nacionalización (1859) de los bienes de las asociaciones religiosas, expedido por el gobierno del presidente Benito Juárez; la Ley de Bienes Nacionales (1874); la que decreta propiedad de la Nación sobre monumentos (1897); la legislación sobre bienes inmuebles de la Federación (1902); la Ley sobre conservación de monumentos históricos y bellezas naturales (1914); sobre conservación de monumentos, edificios, templos y objetos históricos y artísticos (1916); la Ley de conservación de monumentos arqueológicos, históricos, poblaciones típicas y belleza natural (1934); la nacionalización de bienes que reglamenta el artículo 17 constitucional (1940); y las legislaciones generales de bienes nacionales (1941 y 1944). Más tarde aparecieron el decreto de modificación a la fracción XXV del artículo 73 constitucional (1966); la Ley Federal del Patrimonio Cultural de la Nación (1970); y la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos y su Reglamento (1972 y 1975), junto con la adición al artículo 37 bis (1993) que rigen actualmente.

San Miguel de Allende ha contado con normativos jurídicos para proteger su patrimonio cultural desde 1939, cuando las autoridades acordaron que su conservación quedara “sujeta a las disposiciones de las leyes vigentes sobre la materia”. Posteriormente, en 1953 sus mejoras materiales fueron reguladas a través de otro instrumento de ley que se mantuvo vigente hasta la declaratoria presidencial de 1982, por medio de la cual fue declarada una zona de monumentos históricos comprendiendo, todos sabemos, 68 manzanas que incluyen lo mismo edificaciones civiles que religiosas.

Teniendo en cuenta el carácter único de San Miguel como ciudad monumental, ¿pueden convivir tranquilamente aquí el turismo y el acervo patrimonial?

Las frecuentes tensiones entre el turismo y el patrimonio cultural nos dan la pauta para una revisión más crítica y objetiva, tanto de las políticas culturales y turísticas como de las zonas turístico-culturales, su conservación y en diversos casos, desaparición, pero sobre todo nos revelan el abismo muchas veces prevaleciente, en mayor o menor medida, entre el patrimonio cultural, el turismo, la sociedad civil y el poder.

Diversas voces han advertido años atrás sobre el riesgo que corre el patrimonio cultural mexicano ante el fuerte estímulo que se le está dando a la inversión privada nacional y extranjera. Como se sabe, en algunos estado del país gran variedad de capitales privados son dirigidos hacia proyectos que involucran a zonas monumentales con proyectos turísticos que poco respetan a los inmuebles, con “adecuaciones” que más bien son alteraciones o, en el peor de los casos, premeditadas destrucciones.

Todas estas facilidades otorgadas a grupos empresariales, sobre todo comerciales y de bienes raíces, con el fin de promover estrategias de desarrollo económico, urbano y turístico en zonas patrimoniales, han traido en diversos casos consecuencias nocivas en lo social y cultural, como ha sucedido con el modelo estadounidense de desarrollo urbano.

Pero también autoridades civiles y religiosas irresponsables, ajenas a toda idea de salvaguarda de nuestra común herencia cultural, han propiciado el saqueo y destrucción de muchos bienes muebles e inmuebles. Y de ello San Miguel sabe bien.

El vasto acervo patrimonial que hay que rescatar y salvaguardar aquí no sólo se concreta a los ejemplos arquitectónicos más relevantes, sino a la ciudad en su conjunto, pero por desgracia su singularidad como ciudad novohispana le ha acarreado, desde el siglo anterior, cada vez mayores males, destacando la uzura económica y la mezquinidad destructora. No gratos recuerdos quedan en nuestra memoria, por recordar un caso, ante la destrucción en los años ochenta de la antigua casa del Mayorazgo de Sauto, a manos de intereses políticos ahora venidos a menos.

Y sin ir más lejos, recordemos también la tristemente célebre “guerra de las piedras” (como le denominó un periódico nacional) que se llevó a cabo en dos etapas en los noventa, durante una reincidente administración municipal que pretendió sustituir los tradicionales empedrados por adoquín, con el pretexto de “hacerla más colonial y moderna”(sic), y para ello contaban “en existencia con una gran cantidad de toneladas de ese material”. Desde entonces calles como la de San Francisco, Correo y la antigua salida Real a Querétaro, además de plazas como la de La Salud ya no son las mismas. Y para documentar nuestro optimismo, en aquel momento las acciones fuera de la ley federal fueron avaladas por un ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, quien públicamente exigió “por higiene”, la remoción de la piedra bola.

Sin duda alguna, los esfuerzos de las instituciones gubernamentales por proteger, conservar y difundir turísticamente en todo el mundo el acervo patrimonial mexicano, ha contribuido ampliamente para que la desaparición no sea mayor, pero una efectiva salvaguarda y promoción turística rebasa con mucho las capacidades reales de acción. Por ello con una mayor participación democrática de la sociedad civil se podrá contribuir, cada vez más, a la realización de mejores y objetivas políticas de preservación y disfrute turístico de nuestra herencia común.

En San Miguel de Allende foros como éste y el internacional de turismo cultural llevado a cabo años atrás por la Universidad de Guanajuato, nos están demostrando que, afortunadamente, la sociedad civil ya no es indiferente ante estos temas.

Varias agrupaciones civiles se sucedieron a lo largo del siglo XX para defender a la ciudad, desde la Sociedad de Amigos de San Miguel hasta la actual y longeva Comisión Local para la Preservación del Patrimonio Cultural, pasando por el Comité Organizador para la Conservación de San Miguel de Allende y la Asociación de Tradicionalistas.

Asimismo algunos gobiernos municipales responsables y conscientes del valor artístico e histórico del lugar (que por fortuna los hay) han velado por su preservación. Sin embargo los problemas superas inmediatamente a las soluciones: hoy en día se vive un deterioro general en los ámbitos ecológico (con urbanizaciones amenazando la reserva del parque botánico), urbano (mayores conflictos peatonales y vehiculares, además de libre usufructo del suelo) y social (crecientes zonas marginales) que en poco tiempo dejará muy lesionada a la ciudad.

El problema básico es un crecimiento desordenado: de 1980 al 2005 la población en la cabeza municipal ha crecido de 40 mil a más de 80 mil habitantes. Por el contrario, hasta años recientes los servicios urbanos no se habían desarrollado correctamente y la pérdida de la imagen arquitectónica acusa índices de destrucción realmente peligrosos. Con facilidad vemos levantarse en los perímetros de protección de la zona monumental construcciones de varios niveles, ademas de la paulatina y tenaz modificación de fachadas e interiores.

Ejemplos los hay por doquier en calles como Canal, Correo, Diez de Sollano, Hidalgo, Insurgentes, Jesús, Mesones, Reloj, san Francisco, Umarán, plazuelas como la de san Felipe y los alrededores de El Chorro, la capilla de la santa Cruz y el parque Benito Juárez (que por fortuna ahora se está restaurando).

Así también sucedió con el antiguo cuartel de los Dragones de la Reina, cuna de la Independencia nacional, ahora restaurante y el colegio de san Francisco de Sales, en un tiempo farmacia, luego sede ferial y ahora espacio universitario que ha alterado irresponsablemente el aspecto de su regio patio.

A nivel mundial la Unesco estableció desde 1976 la Recomendación relativa a la salvaguarda de los conjuntos históricos y su función en la vida contemporánea, entre cuyos principios generales señala que los conjuntos históricos y su medio constituyen un patrimonio universal irremplazable, por lo que su conservación debe ser una obligación para gobierno y ciudadanos. En San Miguel sería bueno tener en cuenta, siempre, este documento pues instruye respecto al control de carteles, publicidad (luminosa o no), letreros comerciales y el revestimiento del suelo “para integrarlos armoniosamente en el conjunto”, así como la instauración de medidas “contra los deterioros provocados por una explotación turística excesiva”.

Finalmente, para lograr resultados óptimos, el texo puntualiza que cada zona monumental debe “considerarse globalmente como un todo coherente, cuyo equilibrio y carácter específico dependen de la síntesis de los elementos que lo componen”, por ello se debe trabajar activamente en su protección “contra toda clase de deterioros, en especial los resultantes de [usos] inapropiados...y transformaciones abusivas o desprovistas de sensibilidad que dañan su autenticidad”.

Otro documento fundamental es el informe Nuestra diversidad creativa, presentado en 1996 por la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo de la propia Unesco, y que aborda entre otros temas el del “patrimonio cultural al servicio del desarrollo”, analizando desde la pérdida de las lenguas originales y las tradiciones, hasta el restablecimiento de la producción artesanal, pasando por el registro de los acervos documentales y sonoros, además del rol actual que tienen los museos, tanto nacionales y regionales como comunitarios.

Un apartado particularmente interesante para el tema que nos compete, es el referente a las “lagunas en la formación y en las bases institucionales”. Al respecto el documento señala la urgencia de nuevas acciones para revalorar la relación que mantienen las sociedades con su patrimonio. Considera que, para encontrarle un mejor entorno al medio histórico construido dentro de la dinámica ecológica actual, se requiere “la creación de grupos de presión política y de una opinión pública” que vean compensados sus esfuerzos con nuevas legislaciones.

Hasta ahora, sostiene el texto, la alianza entre las oportunidades económicas y los sistemas que la conservación representa no ha sido del todo fructífera, principalmente en los países subdesarrollados, por ello la recuperación y puesta en valor del acervo patrimonial sólo podrá tener éxito si son tomadas en cuenta la relaciones entre el entorno construido y factores como la calidad de la infraestructura urbana, el crecimiento y densidad poblacional, la atención de la salud y de la desigualdad social. Asimismo se adivierte que es prioridad gubernamental que el patrimonio monumental no sea convertido en mercadería turística, “proceso en el que se degrada y empobrece”, sino al contrario, que se establezca una relación de mutuo apoyo entre turismo y bienes patrimoniales.

Ante ustedes apelo nuevamente –como lo he hecho en otras ocasiones- a la conciencia y compromiso más reales de las autoridades, los expertos y la sociedad en su conjunto, para buscar los medios idóneos que permitan una mayor conservación e impulso turístico de los monumentos y zonas patrimoniales (arqueológicas, históricas, artísticas y naturales) con que cuenta San Miguel, evitando, por fin, su “voluntaria e irremediable” desaparición.

Los gobiernos en general, sobre todo sus autoridades de turismo, desarrollo urbano y cultura, además de la iniciativa privada y la sociedad civil, debemos repensar en el compromiso permanente que debemos tener ante nuestra común herencia cultural. Como lo señaló Ceslo Furtado, ex ministro de cultura de Brasil, cada individuo y cada nación deben tener, ante todo, una vida digna “sin perder su identidad, su sentido de pertenencia a su comunidad", y sobre todo sin "renegar de su patrimonio cultural”.


Don Patterson (coordinador), Memorias San Miguel de Allende, cruce de caminos, introducción de Francisco López Morales, León, Presidencia Municipal de San Miguel de Allende, 2006.

Paula Balderas: el renovado placer del dibujo


Francisco Vidargas

Paula Balderas ha venido estudiando y ejercitando, con detenimiento, diversos gabinetes de estampa (dibujo y grabado), lo cual poco a poco se ha visto reflejado en su obra, cargada tanto de un sentido lírico y expresionista, como de un crescendo dramático que revela su acercamiento a un más profundo equilibrio artístico.

El idioma plástico –ha señalado Raquel Tibol- “se aprende oyendo a los demás", y así "entre muchas voces se eligen las más afines, las predilectas" hasta "terminar hablando un lenguaje propio”.

Las obras que he podido ver de Paula muestran, lo mismo una fuerza expresiva ya vislumbrada en su anterior exposición, que esa indagación de nuevos caminos por trazar. Son en su conjunto creaciones de mediano y gran formato, donde la artista se mueve con entera libertad: concreciones de una intensa búsqueda de su propio lenguaje plástico, pero siempre observando el quehacer de los demás.

No se adivina todavía hacia donde apuntará su futuro camino creativo, pero lo que ahora muestra es resultado de un proceso pausado a través del cual va asumiendo, asimiliando, un nuevo bagaje visual y expresivo.

Los dibujos presentan denominadores comunes en el empleo de materiales: telas intervenidas mediante trazos elaborados con pequeños palos de madera; manchas producidas a través de aguada con tinta china, trapos y esponja; y colores acrílicos aplicados con pinceles.

En cada lienzo la artista, mediante un trazo sencillo, produce obras que en su materialidad refrendan su propia razón de existir. Son trabajos que nos transmiten el goce del dibujo, de los colores, de la síntesis; de evocar cosas que ha visto y sentido (imágenes, sueños), a través de líneas fluídas y serpentinas. Es, en pocas palabras, un ejercicio plástico limpio, íntimo, con alguna que otra estridencia. Son encuentros, encrucijada de caminos que por el momento la llevan por un sinnúmero de direcciones, pero que con la madurez y el análisis riguroso del oficio, la podrán encaminar a un arte cada vez más sobrio, más esencial y sobre todo, más acabado.

Primero en la ciudad de México y ahora en San Miguel de Allende, Paula Balderas va dejando con discreto encanto, en nuestra memoria visual, sus afanes creativos. Trabajos que, con despreocupada y tímida pero también intensa alegría, nos devuelven el renovado placer por el dibujo.

Paula Balderas, Momento, movimiento, San Miguel de Allende, Centro Cultural Ignacio Ramírez, El Nigromante, 2006 (inédito).

Ramiro Jiménez Chacón: caminos abiertos


Francisco Vidargas

Conocí a Ramiro Jiménez Chacón en la Xalapa de finales del siglo XX, en medio de una afortunada conjunción de elementos que nos permitieron llevar a cabo, juntos, una ambiciosa e inspirada propuesta cultural que involucró a muy diversas tendencias y propuestas plásticas.

En poco tiempo me di cuenta que desde el inicio de su trayectoria artística, Ramiro siempre ha tratado de ser fiel a sus orígenes y sus sueños. Sus obras son el resultado de una constante y reiterada reflexión sobre el hombre y su entorno. Por ello su lenguaje pictórico, ya sea a través de la pintura, del grabado o del dibujo, se nutre de elementos que ha venido trabajando reiteradamente desde sus inicios en la facultad de artes plásticas de la Universidad Veracruzana, pero que nos entrega en cada exposición, con una sorprendente y renovada mirada.

Su quehacer ajeno a escuelas, tendencias y modas que le podrían resultar castrantes, se ha ido imponiendo por sí solo, ensanchando cada vez mejor sus horizontes plásticos y profundizando en su personal y singular sensibilidad artística. Todo ello redunda –como lo podrán constatar al mirar las obras ahora expuestas- en un dominio técnico y del lenguaje que con mayor esfuerzo y disciplina, se ha venido traduciendo en un maduro virtuosismo pictórico, donde el ejercicio creativo es empleado con total libertad.

Con la serie ahora presentada el artista refrenda su parquedad cromática, que al parecer es uno de sus mayores distintivos plásticos. Así telas y papeles se suceden trabajados mediante trazos, manchas, líneas negras sobre fondos blancos (o a la inversa) que van diluyendo la luminosidad original hasta convertirse en tintes gricáseos, negros y sienas. Algunos fondos son matizados, coloreados timidamente, pero sin dejar la simplicidad de las figuras.

Seguramente los trabajos de la exhibición atraparán visualmente a los espectadores, aunque menos por lo que muestran (casas, carretas, árboles, paisajes) que por lo que enigmáticamente ocultan en su interior: elementos cotidianos con una intensa carga provocativa.

Ramiro ha ido afirmando con cada exposición su propio acento, su propio estilo plástico, buscando acuciosamente el medio interpretativo idóneo por medio del cual nos muestre y conecte con toda intensidad, su visión de artista y sobre todo, su activa y perspicaz sensibilidad visual.

Esa intimidad pictórica nos revela a un creador de espacios que reproducen, de forma apenas vislumbrada, el sutil e intenso estado de ánimo del artista. Trabajos “interioristas” que develan tangensialmente la crisis personal y profesional, pero que a través del empeño y la disciplina creadoras, logran descubrir no sólo aspectos diversos de la condición humana, sino la búsqueda exacta de nuevos rumbos y lenguajes.

Sus trabajos nuevos, ahora en formatos medianos y grandes, además de dípticos invertidos, no son sólo dibujos y pinturas para ser vistas y gozadas, sino también son hechos culturales – que como señala Raquel Tibol sobre el arte contemporáneo- “buscan fundirse con la vida para modificarla y perfeccionarla.”

Encrucijada de caminos que se bifurcan y van hacia un sinnúmero de direcciones, cuestionamientos e intenciones, el arte de Ramiro Jiménez Chacón va abriendo puertas donde la realidad que vive y convive es analizada y recreada a través de su quehacer pictórico. Obra que surge sin duda alguna, de la profundidad de sus sentimientos.

San Miguel de Allende, Guanajuato, 7 de febrero de 2006.

Ramiro Jiménez Chacón, Caminos abiertos, Tuxtla Gutiérrez, Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas, 2006.

El gremio de plateros y las fiestas inmaculistas


Francisco Vidargas

...cosas de nuestra gran Reina: que no sé qué se tiene el que en tratando de María Santísima se enciende el corazón más helado.
Sor Juana Inés de la Cruz

Litúrgicamente la fiesta de la Purísima fue una de las más importantes en España y sus territorios en el Nuevo Mundo, conmemorándose cada año con espectaculares actos públicos. Queremos destacar uno de los festejos, llevado a cabo en el siglo XVII, por que involucró directamente a uno de los gremios productivos más importantes en México, los plateros, quienes desde el siglo anterior ya contaban con sus correspondientes ordenanzas que regulaban, tanto los mecanismos de ingreso y capacitación de aprendices, oficiales, ensayadores mayores y marcadores, como “los requisitos para el ejercicio profesional en tienda pública", además de la relación "con las instituciones municipales (maesto mayor, veedores, alarifes, aranceles, etc.)”.(1) Las actividades se llevaron a cabo en 1618 y sabemos de ellas gracias a un invaluable documento para la historia social y artística de la ciudad de México conservado en el Archivo General de la Nación.(2)

Pero antes de revisar el documento, recordemos el destacado lugar que ocupa la Virgen María en la doctrina de la Iglesia y en el pueblo católico, puesto que encarna la mayor imagen de pureza y sus dos elementos de santidad, la castidad y el amor, reflejados en el misterio de su purísima concepción.

Si bien el dogma(3) de la Inmaculada Concepción no fue reconocido por el gobierno eclesiástico sino hasta el siglo XIX, la historia de su devoción y doctrina se remonta al siglo VIII. En aquel momento, anterior al Concilio de Éfeso (431 d.C.), la tradición religiosa consideraba a María "inocente y santa", como la antítesis de Eva, símbolo de "concupiscencia y de pecado". Así la teología católica, siguiendo al pie de la letra el texto del Antiguo Testamento en el cual Yavé Dios maldice a la serpiente,(4) convirtió a María en la “segunda Eva”, es decir la mujer que vino a destruir la obra del demonio, reparando el daño cometido por su antecesora. A partir de la mencionada asamble de obispos se fue proclamando más explícitamente la pureza perfecta de María, libre de pecado original, a través de los Evangelis canónicos.

La sesión VII del Concilio Ecuménico de Nicea (787 d.C.) definió en cuanto al culto a las imágenes sacras, entre ellas la Inmaculada, que

...siguiendo el magisterio divinamente inspirado de nuestros
Santos Padres y la tradición de la Iglesia Católica...
definimos con toda certeza y diligencia que deben
proponerse a la veneración de los fieles no sólo la preciosa
y vivificante cruz, sino también las venerables y santas
imágenes, ya sean pintadas o en mosaico o en cualquier
otra materia; ya sean convenientemente representadas en
las santas iglesias de Dios, en los vasos y vestidos sagrados,
en las paredes y en los cuadros, en las casas y en los caminos;
ya sean imágenes del Señor Dios y Salvador nuestro Jesucristo,
ya de la inmaculada Señora Nuestra, la Madre de Dios...
Porque cuanto más frecuentemente son representados con
imágenes, tanto más vivamente los que las contemplan se
sienten movidos al recuerdo, al afecto, al ósculo y a tributarles
una adoración de honor...

Y concluye el documento señalando que

la honra dada a la imagen, efectivamente, pasa al prototipo,
y quien adora la imagen adora en ella a la persona representada... (5)

La primera definición dogmática de la Inmaculada, llevada a cabo por Pío IX, tuvo sus orígenes en la Inglaterra del siglo XI, impulsada por san Anselmo, arzobispo de Canterburry (ca. 1093), y defendida también por el monje inglés Eadmer a través de su tratado De contione Beatae Virginis Mariae. Sin embargo tal precepto fue pronto duramente cuestionado por teólogos como san Bernardo de Clavaral, mediante estudios y misivas desaprobatorios.

Desde el siglo XIII los teólogos españoles escribieron en apoyo al culto inmaculista, destacando el franciscano fray Francisco Eximenis, cantor de las excelencias de María y el agustino Tomás de Villanueva, autor de un comentario al Cantar de los cantares, donde revisa el origen bíblico de la imagen mariana. Pero la polémica prosiguió, motivando fuertes discusiones entre los teólogos, los concilios y las universidades, y derivando en una tenaz “lucha intelectual y religiosa que capitanearon los dominicos, guiados por la razón, frente a los franciscanos, movidos por el sentimiento.”(6)

A causa de tales dicusiones es hasta el siglo XV que el papa Sixto IV, con el apoyo pleno de los religiosos de la órden de San Francisco (encabezados por el teólogo Duns Escoto), aprovechando la creciente devoción a la Purísima, impuso su fiesta en Roma el año 1476 y promovió su culto en el orbe católico, introduciendo en la liturgia la palabra inmaculata.

Tres años más tarde se permitió la elaboración de imágenes inmaculistas y su difusión como “artículos de fe y motivo de devoción”(7) en el orbe católico. Pese a las batallas ideológicas que se libraban en Europa en cuanto a la conveniencia del uso o no de ellas, las órdenes religiosas llegadas al Nuevo Mundo las emplearon rápidamente en su labor evangelizadora.

Entrado el siglo XVII, en 1615 el pontífice Pío V se manifestó a favor de la pureza de María, motivando en la Nueva España que el gremio de plateros regalara a la Catedral una imagen de la Virgen Inmaculada en plata, labrada por Luis de Vargas (conservada hasta 1847). Asimismo se llevaron a cabo fiestas y certámenes poéticos, junto a la edificación de notables ejemplos de arquitectura efímera como altares y un arco triunfal. De ello da cuenta el texto que nos incumbe, titulado Breve relación de las fiestas, que los artífices plateros, vezinos de México celebraron a la Purifsima Virgen Maria, el día de fu inmaculada Concepción. Año de 1618. (8)

Por su parte, tanto el arzobispo como el virrey determinaron que las celebraciones de la Inmaculada se llevaran a cabo en el mes de diciembre: “fiestas de tres días de toros y el primero con juego de cañas”, tablados y máscaras. Y públicamente las autoridades de la nobilísima ciudad capital juraron solemnemente “guardar y defender y creer lo decretado por su santidad”.(9)

Como parte de las festividades inmaculistas, se llevaron a cabo a lo largo del período virreinal grandes procesiones que salían regularmente de la iglesia Mayor, proseguían por la calle de san Francisco, avanzaban “hasta entrar por la puerta principal de su convento para salir por la calle de las descalzas hacia la de Tacuba para así volver a entrar en la Iglesia Mayor por la Puerta del Perdón".(10)

En verdad eran fastuosos los festejos procesionales donde la ciudad se vestía acorde a la ocasión, ya que en las “grandes alegrías”

las calles se llenaban de colgaduras, de tapices y de arcos florales,
los altares efímeros se multiplicaban al paso del cortejo y expelían
olores de aromáticos licores que se requemaban en cazolejas de
barro; el ambiente se llenaba de un estruendoso barullo de clarines,
tamborillos, coros de niños, gritos desde los tejados y balcones,
salvas y estruendos producidos por cohetes. Acompañada por gigantes,
cabezudos, carros alegóricos y “tarascas” [dragones de cartón que
representaban la idolatría], la imagen hacía su recorrido visitando
varias iglesias de la ciudad, sobre todo las de religiosas, bajo una
lluvia de flores; iba flanqueada por una escolta militar y seguida por
las autoridades civiles y eclesiásticas, las órdenes religiosas masculinas,
los gremios, las cofradías y las demás corporaciones, todos formados
de acuerdo con estricto orden protocolario según sus preeminencias...

La llegada a la Catedral culminaba la procesión, pero no terminaba
con los festejos que, entre misas y sermones, comilonas y bailes,
duraban varios días e iluminaban varias noches con las luces de los
fuegos pirotécnicos.(11)

Los festejos públicos, fueran pagano o religiosos, involucraban a la mayor parte de la población, a semejanza de las ciudades españolas. Por igual convivían y participaban los clérigos, las órdenes religiosas, los funcionarios públicos, la burguesía, los artistas, artesanos y la sociedad toda, bien como actores directos, bien como simples espectadores, todos “gozosos en la alegría colectiva”.(12) Eran días en que la capital mexicana gracias a las obras de embellecimiento para la ocasión, al igual que Sevilla, Córdoba, Madrid y Valladolid, se volvía un lugar simbólico, emblemático e imaginativo, permitiendo olvidar por breve tiempo el cotidiano paisaje urbano.

Pero volvamos al documento que nos interesa en esta ocasión, publicado en 1619 por el bachiller Juan Blanco de Alcázar, tras la declaración de Pío V sobre la pureza de María, y que da cuenta de los festejos patrocinados por el gremio de plateros incluyendo múltiples y regios altares, además de dilatados certámenes poéticos.

Apegándonos al texto novohispano, el arco triunfal ubicado frente a la iglesia de san Francisco (hoy Eje Central Lázaro Cárdenas y Francisco I. Madero, antiguamente Plateros) era “de treinta varas de altura con dos cuerpos jaspeados de colores varios; guardando en el primer cuerpo orden dórica, formó con ocho columnas un pórtico de tres claros, excediendo en la tercia parte de diámetro.” Tanto el intercolumnio como los pedestales contaban con atributos que representaban “la Concepción pura de la Virgen.” El segundo cuerpo “era de orden jónico, revestidas sus columnas, que eran cuatro de follajes y brutescos; en su comedio parecía un altar de dos haces con el glorioso S. Eloy, patrón de los plateros.”(13)

Desde el templo de la Compañía de Jesús (o sea La Profesa, en las ahora calles de Madero e Isabel la Católica) hasta el majestuoso convento franciscano, se levantaron innumerables altares “tan ricos como devotos”, destacando uno “con mucha hermosura [adornado con] seis pilastras de terciopelo, artesonadas de láminas y espejos diamantados.” Otro se alzaba con un lienzo representando la Concepción de María “de tal pincel, que pudiera poner envidia a Apeles.” Y uno más ostentaba doce frontales de plata.(14)

En cuanto a las portadas elaboradas, vale la pena leer con más detenimiento el opúsculo que destaca

una de orden corinthia, revestida de hojas de laurel, y flores;
guardando con tanto rigor el arquitectura, que desde los roleos
de su frontispicio a las basas, no alteraba cosa que no fuese muy
puesta en arte. La segunda joya ganó una portada de papel,
cortado sobre encarnado raso, sujeta su disposición al dibujo,
de manera que a estar ejecutada en mejor materia, sin duda
ninguna fuera lo mejor de esta fiesta. Otras portadas de exquisitas
y costosas arquitecturas se vieron con mucho primor de compostura
que llegaron a treinta las mejores; cuya forma y traza se puede
comprender debajo del nombre de composita.(15)

La decoración exterior de las calles o colgaduras mostraron el fevor inmaculista de la capital novohispana, destacando

lo que dió mayor honor a los profesores de la platería...
cien retratos de plateros insignes, entre los cuales había
dos reyes de España, dos príncipes, dos virreyes,
dos emperadores de Alemania, dos archiduques de Austria,
dos cardenales, dos obispos, dos ángeles, y... el mismo
Dios hecho platero en la concepción de la virgen.(16)

Y concluye el escrito señalando que

de este modo dieron vuelta los famosos plateros a las principales
calles de la ciudad y nobles Casas de Cabildo, Palacio, Universidad,
Arzobispo, Inquisición, marqués de Villamayor, marqués del Valle
y conde de Santiago.(17)

Relación apegada como todas la de la época a las pretensiones de exhaustiva exaltación, develando “hasta el más mínimo detalle en los hechos y celebraciones”,(18) es fuente indispensable para el estudio, tanto de las fiestas citadinas como de la arquitectura perecedera, que en su momento abría nuevas pautas en el arte, sin olvidar claro la destacada participación del gremio de plateros y su importancia en el ámbito novohispano.

Paralelamente, en el aspecto laboral los diversos talleres de platería localizados en la ciudad de México, al igual que los situados en otras regiones como Puebla, Mérida, Pachuca, Querétaro, Zacatecas y Oaxaca se avocaron, gracias a encargos del clero y la sociedad, a la exaltación de la Inmaculada Concepción mediante la manufactura de un sinnúmero de cálices, custodias, cruces, atriles, portapaz, limosneros y frontales en los que emplearon “soluciones artísticas e incluso combinaciones de materiales” propios de cada lugar, dando pie a nuevas propuestas estilísticas, en un principio manieristas y más tarde decididamente barrocas.(19)

El rey Felipe IV prosiguió en España los esfuerzos para dar a entender el privilegio inmaculista, obteniendo del papa Alejandro VII la bula Solicitudo omnium ecclesiarum (1661) que permitió la institución obligatoria del precepto de su fiesta: “el alma de María, en el primer instante de su creación e infusión en el cuerpo, fue, por gracia especial de Dios y en virtud de los méritos de Jesucristo redentor del género humano, preservada inmune del pecado original”. Esto fue logrado por el monarca antes de que la propia Iglesia oficializara su culto, por lo que en el mundo iberoamericano continuó todavía por largo tiempo la tenaz oposición de los dominicos y otros teólogos racionalistas, seguidores del pensamiento de Tomás de Aquino y su Suma teológica.

Sin embargo cada vez fueron más los pensadores que se unieron al fervor concepcionista, destacando sor Juana Inés de la Cruz quien no sólo a través de su voto devocional de ingreso al convento de san Jerónimo,(20) sino también de otros escritos (entre ellos glosas y villancicos), aprovechó el canon establecido por la devoción mariana y presentó a la Virgen “como el ser por excelencia, no sobrepasado por ningún otro", puesto que "María no es Dios, pero es / quien más a Dios se parece”.(21)

Clemente XI fue quien en 1708 elevó a fiesta de precepto la plenitud de gracia de María; desde entonces el fervor aumentó en tal forma que en 1760 fue declarada la Inmaculada Concepción patrona de España y de sus reinos, propagándose ampliamente la devoción a lo largo del país. En los siguientes años pasó a ser patrona de la Nueva España; Carlos III decretó (30 de enero de 1762) que “en conformidad de la Real Cédula se celebre el Patronato de Nuestra Señora de la Concepción y corra la Noble Ciudad con todo”.(22)

Finalmente el 8 de diciembre de 1854 (basado en la definición de san Agustín que estableció la fecha), tras once siglos de proclamaciones y polémicas marianas, el papa Pío IX promulgó la bula Ineffabilis Deus que preconizó la definición dogmática de la Inmaculada, privilegio por el cual solamente la Virgen María de entre los descendientes de Adán y Eva, se había preservado de toda mancha del pecado original desde el instante mismo de su concepción.

La devoción a la Inmaculada dio inicio poco tiempo después del descubrimiento de América, difundiendose a la par de la evangelización, y su fiesta litúrgica fue –como lo hemos visto- una de las más importantes a lo largo de los virreinatos, desde Nueva España hasta Perú.

La sociedad mexicana “no sólo vivió con plenitud la cultura hispánica –la religión y el arte, la moral y los usos, los mitos y los ritos- sino que la adaptó con gran originalidad a las condiciones del suelo americano y la modificó sustancialmente”.(23) Parte de esa asimilación se debió sin duda alguna a uno de los gremios mineros más importantes de la Nueva España, el de los plateros. El México virreinal, su historia y cultura, deben mucho a la activa participación de ellos en los ámbitos laboral, social, religioso y artístico.

Notas:

(1)- Ramón Gutiérrez, “Los gremios y academias en la producción del arte colonial” en Ramón Gutiérrez (coordinador), Pintura, escultura y artes útiles en Iberoamérica, 1500-1825, Madrid, Ediciones Cátedra, 1995, p. 27.
(2)- Ramo Inquisición, tomo 485, Archivo General de la Nación.
(3)- Verdad “revelada por Dios” y propuesta como tal por el magisterio de la Iglesia, basándose en antiguas y continuadas prácticas llevadas a cabo desde tiempos apostólicos.
(4)- Génesis, 3,15, en Sagrada Biblia, versión directa de las lenguas originales por Eloino Nacar Fuster y Alberto Colunga Cueto, O.P., trigesima octava edición, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1978,p. 6.
(5)- Concilio Niceo, sesión VII, en Juan Plazaola, S.J., El arte sacro actual, estudio, panorama, documentos, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1965, p. 543.
(6)- Santiago Sebastián, “Tipología mariana” en El barroco iberoamericano, mensaje iconográfico, Madrid, Ediciones Encuentro, 1990, p. 142.
(7)- Mina Ramírez Montes, “Los santos y su devoción en la Nueva España” en Universidad de México No. 514, México, Universidad Nacional Autónoma de México, noviembre 1993, p. 13.
(8)- Reproducido parcialmente por Guillermo Tovar de Teresa, Bibliografía novohispana de arte, primera parte, impresos mexicanos relativos al arte de los siglos XVI y XVII, México, Fondo de Cultura Económica, 1988, pp. 54 a 57.
(9)- Archivo Histórico del Ayuntamiento de la ciudad de México, 1618, 361-A, citado por María de los Ángeles Sobrino F., “Entre la especulación y el obrar: la función de la Emblemática Mariana” en Jaime Cuadriello (et. al.), Juegos de Ingenio y Agudeza, la pintura emblemática de la Nueva España, México, Museo Nacional de Arte,1994, p. 194.
(10)- Ibid.
(11)- Antonio Rubial García,“Introducción” en Francisco de Florencia, Juan Antonio de Oviedo, Zodiaco Mariano, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1995, pp. 23 y 24.
(12)- Antonio Bonet Correa, “La fiesta barroca como práctica del poder” en Fiesta, poder y arquitectura, aproximaciones al barroco español, Madrid, Akal, 1990, p. 30.
(13)- Guillermo Tovar de Teresa, op. cit., p. 55.
(14)- Ibid., p. 55.
(15)- Ibid., pp. 55 y 57.
(16)- Ibid., p. 57.
(17)- Ibid.
(18)- Antonio Bonet Correa, op. cit., p. 8.
(19)- Cristina Esteras Martín, “Aproximaciones a la platería virreinal hispanoamericana” en Ramón Gutiérrez, op. cit., pp. 377 a 403.
(20)- “Docta explicación del misterio, y voto que hizo de defender la Purísima Concepción de Nuestra Señora, la Madre Juana Inés de la Cruz” (1694) en Sor Juana Inés de la Cruz, Fama y Obras Posthumas del Fenix de Mexico, decima musa, poetisa americana, Sor Jvana Ines de la Cruz..., Madrid, Imprenta de Manuel Ruiz de Murga, 1700.
(21)- Georgina Sabat de Rivers, “Ejercicios de la Encarnación: sobre la imagen de María y la decisión final de sor Juana” en Literatura Mexicana, vol. I, Núm. 2, Universidad Nacional Autónoma de México, 1990, pp. 356 y 357.
(22)- Martha Fernández, “Inmaculada Concepción” en Elisa Vargaslugo, José Guadalupe Victoria (et al.), Juan Correa, su vida y su obra, repertorio pictórico, tomo IV, primera parte, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1994, p. 62.
(23)- Octavio Paz, Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe, Barcelona, Seix Barral, 1982, p. 68.
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Conaculta, Ventana interior No. 32, abril-junio de 2005, pp. 44-48.

San Miguel en la memoria


Francisco Vidargas

En el mundo actual con frecuencia se habla de cuatro ciudades del mundo por las que no ha pasado el tiempo: Brujas en Bélgica, Avila en España, Antigua en Guatemala y San Miguel de Allende, en México. Estas ciudades han sabido asimilar su evolución urbana, conservando incólume gran parte de su carácter histórico.

San Miguel de los Chichimecas era el nombre con el que originalmente se conoció al caserío que fundó fray Juan de San Miguel en 1542, después de la reducción de los indios de la región y su evangelización. Fray Bernardo de Cossín trasladó aquella misión de su ubicación original (el ahora conocido San Miguel Viejo con su hermosa capilla del siglo XVI) a terrenos más próximos a los manantiales de Izcuinapan, conocidos hoy como “El Chorro”.

Fue en 1555 que don Luis de Velasco, virrey de la Nueva España, elevó el “humilde, pequeño y manso” pueblo a la categoría de villa, asentándose entre “El Batán” y el viejo San Miguel de los Chichimecas, tomando el apelativo de San Miguel el Grande. Finalmente, en reconocimiento al caudillo insurgente nacido aquí, desde 1892 se le denomina San Miguel de Allende.

A lo largo de su activa y longeva vida, la ciudad fue visitada y descrita por propios y extraños a través de relaciones geográficas, informes de visitadores, inspecciones y descripciones. Las -hasta ahora- conocidas nos han dejado datos de gran valor para su historia.

Estudios recientes nos han dado a conocer algunos documentos del siglo XVIII en los que se habla del lugar, como el despacho enviado el 6 de junio de 1760 por el bachiller Juan Manuel de Villegas al obispo de Michoacán don Pedro Anselmo Sánchez de Tagle. El informante señala que la villa “dista...de la ciudad de México, de cincuenta a sesenta leguas que corren de poniente a oriente y de norte a sur”, y de la capital de la antigua Valladolid “de treinta a cuarenta leguas”. Más adelante comenta que en el lugar se encuentran “como treinta” clérigos seculares, además de “un convento de la regular observancia con comunidad perfecta del patriarca señor San Francisco...un oratorio del señor San Felipe Neri con bastante número de sujetos, a cuyo cargo está un colegio de estudios menores y mayores y un beaterio dedicado a Santa Ana, todo con licencias reales”.

Finalmente, al hablar de la población escribe que “el número de la gente y feligreses es crecido y en lo que más abunda es en gente de color quebrado e indios” y que “los más viven en las haciendas y rancherías”.

Cinco años más tarde, en 1765, otra descripción que forma parte de las enviadas como respuesta a la Real Cédula emitida para “mejorar la administración de los santos sacramentos a los feligreses” de los obispados de la Nueva España, nos da valiosas noticias sobre la fábrica de la parroquia y sus capillas, además de incluir el inventario de las “alhajas que tiene esta santa iglesia”. Nuevamente es el cura vicario y juez eclesiástico de la villa, don Juan Manuel de Villegas, quien da cuenta de los “adornos” interiores del templo, confirmándonos que originalmente contó con retablos barrocos de madera dorada, sustituidos en el siglo XIX por los que ahora conocemos de piedra.

El invaluable documento para la historia del arte novohispano, enumera 15 retablos, siendo el primero y mayor, el del “Señor Ecce Homo”. Siete se localizaban del lado del Evangelio: en el crucero, dos dedicados a Nuestra Señor del Rosario y Nuestro Redentor Jesús “con título de la Humildad”; en la capilla del Señor San José un altar del Señor San Juan Nepomuceno; en la nave dos colaterales con las advocaciones de nuestras señoras de Guadalupe y de la Luz; otro en la capilla del Señor de la Conquista; además de uno grande que “cubre desde el de Nuestra Señora de la Luz hasta el coro, en donde están colocados Señor San Roque, Nuestro Redentor Jesús con título de Sangre de Cristo y San Nicolás de Tolentino”.

Había tres del lado de la Epístola: “para arriba del cuerpo de la iglesia”, un colateral grande; otro en la capilla de Nuestra Señora de los Dolores; y en el crucero, uno de “talla y lienzos” en que se venera al Señor San Pedro Apóstol. Por último, el Camarín albergaba cuatro retablos más dedicados a la Beatísima Trinidad, Nuestra Señora de la Soledad, Santa María Magdalena y al Señor Ecce Homo.

Doce años después, en 1777, por encargo de la Congregación del Oratorio y en respuesta a la petición del virrey Bucareli para llevar a cabo un ambicioso inventario de los dominios de la Nueva España, el zamorano Juan Benito Díaz de Gamarra y Dávalos llevó a cabo una relación de la villa y región sanmiguelense, abordando temas geográficos, físicos, de antigüedades e historia natural.

El sabio felipense narra como la “Villa de San Miguel el Grande en el obispado de Michoacán, es una de las más hermosos y celebradas en esta septentrional América...Está fundada a la falda o ladera de dos cerros, el uno es el que llaman de Moctezuma para la parte del sur, el otro el de San Antonio hacia el este, quedando la villa por la parte que estos dos montes miran al sur”.

En San Miguel de Allende se conjugan, como en muchas otras ciudades novohispanas, edificaciones religiosas y civiles que la convierten en un lugar bello, lleno de contrastes urbanos y naturales. Los ejemplos arquitectónicos testimonian estilos y creaciones emocionales que encontraron su máxima expresión en edificaciones como la iglesia de San Francisco y el oratorio de San Felipe Neri, además de conventos como el Real de la Concepción y casas como las del Mayorazgo de la Canal y la del Conde de Loja. En cada calle, paso a paso, los nichos, los arcos de cantera, las jambas y las rejas de hierro forjado, además de los patios, corredores y fuentes, nos hacen vibrar y contemplar lo que Francisco de la Maza llamó “uno de los panoramas más sorprendentes del esfuerzo humano”.

Su esplendor llevó al historiador estadounidense Silvestre Baxter, en 1901, a calificar a la villa criolla como “un lugar extraordinariamente pintoresco y de gran importancia en la historia de México”, además de admirar las obras del “humilde arquitecto “ Ceferino Gutiérrez Muñoz. Relata al lector como la bella ciudad de principios de siglo, “se reclina suavemente sobre la ladera de una colina, guarnecida de huertas de frondosas y de fértiles campos, y rodeada de montañas de aspecto nobilísimo”. Y concluye, no sin un dejo de inquietud, comentando que “el lugar es tranquilo, y si no fuese por ciertos detalles de modernidad, la vieja y dormida ciudad, sólo alborotada por el ferrocarril que corre allá abajo en el valle, a una milla de distancia, podría imaginarse aletargada aún bajo el peso de los años”.

Igual habla de recientes construcciones, entre ellas “un mercado nuevo con una impresionante columnata” ya desaparecido, que de malogradas intervenciones como la de la Santa Casa de Loreto, cuyo “intricado esplendor ha sido inexplicablemente estropeado por la ignorante costumbre de ´restaurar´, que es la moderna calamidad del arte eclesiástico de México y de todas partes”.

El patrimonio cultural de San Miguel no sólo se concreta a los ejemplos arquitectónicos más relevantes, sino a toda la ciudad en su conjunto, por ello desde 1939 fue elaborada una ley para su protección y conservación. Más tarde, en 1953 fue promovida otra legislación para mejoras materiales y finalmente en 1982, por acuerdo presidencial, fue declarada zona de monumentos históricos. Ahora a todos los que la queremos nos corresponde rescatarla del vandalismo y conservarla, pues no olvidemos que “fue y es –recordaba Francisco de la Maza- grande en su historia, grande en su arte, grande en su riqueza y grande en sus hijos”.

Bibliografía:

Silvestre Baxter, La arquitectura hispano colonial en México, introducción y notas de Manuel Toussaint. México, Departamento de Bellas Artes, 1934.

Francisco de la Maza, San Miguel de Allende su historia, sus monumentos, prólogo de Manuel Toussaint. México, Instituto de Investigaciones Estéticas – Universidad Nacional Autónoma de México, 1939.

Francisco de la Maza, San Miguel de Allende su historia, sus monumentos, con un apéndice prehispánico por Miguel J. Malo Zozaya. México, Frente de Afirmación Hispanista, A.C., 1972.

Juan Benito Díaz de Gamarra, Descripción de la villa de San Miguel el Grande y su alcaldía mayor, presentación de José López Espinosa y prólogo de Carlos Herrejón Peredo. México, Amigos del Museo de San Miguel de Allende, A.C., 1994.

Isabel González Sánchez, El Obispado de Michoacán en 1765, Morelia, Comité Editorial del Gobierno de Michoacán, 1985.

Oscar Mazin Gómez, El gran Michoacán. Cuatro informes del obispado de Michoacán 1759-1769, preparación y estudio introductorio de OMG, prólogo de Carlos Herrejón Peredo. Morelia, El Colegio de Michoacán – Gobierno del Estado de Michoacán, 1986.

Francisco Vidargas, Frontera de lo Irremediable, el patrimonio cultural en circunstancia, México, Textos Dispersos Ediciones, 1994.
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Oficina del Migrante Sanmiguelense en Dallas, Texas, Con sabor a México, abril de 2005, pp. 14-15.