Francisco Vidargas
...cosas de nuestra gran Reina: que no sé qué se tiene el que en tratando de María Santísima se enciende el corazón más helado. Sor Juana Inés de la CruzLitúrgicamente la fiesta de la Purísima fue una de las más importantes en España y sus territorios en el Nuevo Mundo, conmemorándose cada año con espectaculares actos públicos. Queremos destacar uno de los festejos, llevado a cabo en el siglo XVII, por que involucró directamente a uno de los gremios productivos más importantes en México, los plateros, quienes desde el siglo anterior ya contaban con sus correspondientes ordenanzas que regulaban, tanto los mecanismos de ingreso y capacitación de aprendices, oficiales, ensayadores mayores y marcadores, como “los requisitos para el ejercicio profesional en tienda pública", además de la relación "con las instituciones municipales (maesto mayor, veedores, alarifes, aranceles, etc.)”
.(1) Las actividades se llevaron a cabo en 1618 y sabemos de ellas gracias a un invaluable documento para la historia social y artística de la ciudad de México conservado en el Archivo General de la Nación.(2)
Pero antes de revisar el documento, recordemos el destacado lugar que ocupa la Virgen María en la doctrina de la Iglesia y en el pueblo católico, puesto que encarna la mayor imagen de pureza y sus dos elementos de santidad, la castidad y el amor, reflejados en el misterio de su purísima concepción.
Si bien el dogma(3) de la Inmaculada Concepción no fue reconocido por el gobierno eclesiástico sino hasta el siglo XIX, la historia de su devoción y doctrina se remonta al siglo VIII. En aquel momento, anterior al Concilio de Éfeso (431 d.C.), la tradición religiosa consideraba a María "inocente y santa", como la antítesis de Eva, símbolo de "concupiscencia y de pecado". Así la teología católica, siguiendo al pie de la letra el texto del Antiguo Testamento en el cual Yavé Dios maldice a la serpiente,(4) convirtió a María en la “segunda Eva”, es decir la mujer que vino a destruir la obra del demonio, reparando el daño cometido por su antecesora. A partir de la mencionada asamble de obispos se fue proclamando más explícitamente la pureza perfecta de María, libre de pecado original, a través de los
Evangelis canónicos.
La sesión VII del Concilio Ecuménico de Nicea (787 d.C.) definió en cuanto al culto a las imágenes sacras, entre ellas la Inmaculada, que
...siguiendo el magisterio divinamente inspirado de nuestros
Santos Padres y la tradición de la Iglesia Católica...
definimos con toda certeza y diligencia que deben
proponerse a la veneración de los fieles no sólo la preciosa
y vivificante cruz, sino también las venerables y santas
imágenes, ya sean pintadas o en mosaico o en cualquier
otra materia; ya sean convenientemente representadas en
las santas iglesias de Dios, en los vasos y vestidos sagrados,
en las paredes y en los cuadros, en las casas y en los caminos;
ya sean imágenes del Señor Dios y Salvador nuestro Jesucristo,
ya de la inmaculada Señora Nuestra, la Madre de Dios...
Porque cuanto más frecuentemente son representados con
imágenes, tanto más vivamente los que las contemplan se
sienten movidos al recuerdo, al afecto, al ósculo y a tributarles
una adoración de honor...
Y concluye el documento señalando que
la honra dada a la imagen, efectivamente, pasa al prototipo,
y quien adora la imagen adora en ella a la persona representada... (5)
La primera definición dogmática de la Inmaculada, llevada a cabo por Pío IX, tuvo sus orígenes en la Inglaterra del siglo XI, impulsada por san Anselmo, arzobispo de Canterburry (
ca. 1093), y defendida también por el monje inglés Eadmer a través de su tratado
De contione Beatae Virginis Mariae. Sin embargo tal precepto fue pronto duramente cuestionado por teólogos como san Bernardo de Clavaral, mediante estudios y misivas desaprobatorios.
Desde el siglo XIII los teólogos españoles escribieron en apoyo al culto inmaculista, destacando el franciscano fray Francisco Eximenis, cantor de las excelencias de María y el agustino Tomás de Villanueva, autor de un comentario al
Cantar de los cantares, donde revisa el origen bíblico de la imagen mariana. Pero la polémica prosiguió, motivando fuertes discusiones entre los teólogos, los concilios y las universidades, y derivando en una tenaz “lucha intelectual y religiosa que capitanearon los dominicos, guiados por la razón, frente a los franciscanos, movidos por el sentimiento.”(6)
A causa de tales dicusiones es hasta el siglo XV que el papa Sixto IV, con el apoyo pleno de los religiosos de la órden de San Francisco (encabezados por el teólogo Duns Escoto), aprovechando la creciente devoción a la Purísima, impuso su fiesta en Roma el año 1476 y promovió su culto en el orbe católico, introduciendo en la liturgia la palabra
inmaculata.
Tres años más tarde se permitió la elaboración de imágenes inmaculistas y su difusión como “artículos de fe y motivo de devoción”(7) en el orbe católico. Pese a las batallas ideológicas que se libraban en Europa en cuanto a la conveniencia del uso o no de ellas, las órdenes religiosas llegadas al Nuevo Mundo las emplearon rápidamente en su labor evangelizadora.
Entrado el siglo XVII, en 1615 el pontífice Pío V se manifestó a favor de la pureza de María, motivando en la Nueva España que el gremio de plateros regalara a la Catedral una imagen de la Virgen Inmaculada en plata, labrada por Luis de Vargas (conservada hasta 1847). Asimismo se llevaron a cabo fiestas y certámenes poéticos, junto a la edificación de notables ejemplos de arquitectura efímera como altares y un arco triunfal. De ello da cuenta el texto que nos incumbe, titulado
Breve relación de las fiestas, que los artífices plateros, vezinos de México celebraron a la Purifsima Virgen Maria, el día de fu inmaculada Concepción. Año de 1618. (8)
Por su parte, tanto el arzobispo como el virrey determinaron que las celebraciones de la Inmaculada se llevaran a cabo en el mes de diciembre: “fiestas de tres días de toros y el primero con juego de cañas”, tablados y máscaras. Y públicamente las autoridades de la nobilísima ciudad capital juraron solemnemente “guardar y defender y creer lo decretado por su santidad”.(9)
Como parte de las festividades inmaculistas, se llevaron a cabo a lo largo del período virreinal grandes procesiones que salían regularmente de la iglesia Mayor, proseguían por la calle de san Francisco, avanzaban “hasta entrar por la puerta principal de su convento para salir por la calle de las descalzas hacia la de Tacuba para así volver a entrar en la Iglesia Mayor por la Puerta del Perdón".(10)
En verdad eran fastuosos los festejos procesionales donde la ciudad se vestía acorde a la ocasión, ya que en las “grandes alegrías”
las calles se llenaban de colgaduras, de tapices y de arcos florales,
los altares efímeros se multiplicaban al paso del cortejo y expelían
olores de aromáticos licores que se requemaban en cazolejas de
barro; el ambiente se llenaba de un estruendoso barullo de clarines,
tamborillos, coros de niños, gritos desde los tejados y balcones,
salvas y estruendos producidos por cohetes. Acompañada por gigantes,
cabezudos, carros alegóricos y “tarascas” [dragones de cartón que
representaban la idolatría], la imagen hacía su recorrido visitando
varias iglesias de la ciudad, sobre todo las de religiosas, bajo una
lluvia de flores; iba flanqueada por una escolta militar y seguida por
las autoridades civiles y eclesiásticas, las órdenes religiosas masculinas,
los gremios, las cofradías y las demás corporaciones, todos formados
de acuerdo con estricto orden protocolario según sus preeminencias...
La llegada a la Catedral culminaba la procesión, pero no terminaba
con los festejos que, entre misas y sermones, comilonas y bailes,
duraban varios días e iluminaban varias noches con las luces de los
fuegos pirotécnicos.(11)
Los festejos públicos, fueran pagano o religiosos, involucraban a la mayor parte de la población, a semejanza de las ciudades españolas. Por igual convivían y participaban los clérigos, las órdenes religiosas, los funcionarios públicos, la burguesía, los artistas, artesanos y la sociedad toda, bien como actores directos, bien como simples espectadores, todos “gozosos en la alegría colectiva”.(12) Eran días en que la capital mexicana gracias a las obras de embellecimiento para la ocasión, al igual que Sevilla, Córdoba, Madrid y Valladolid, se volvía un lugar simbólico, emblemático e imaginativo, permitiendo olvidar por breve tiempo el cotidiano paisaje urbano.
Pero volvamos al documento que nos interesa en esta ocasión, publicado en 1619 por el bachiller Juan Blanco de Alcázar, tras la declaración de Pío V sobre la pureza de María, y que da cuenta de los festejos patrocinados por el gremio de plateros incluyendo múltiples y regios altares, además de dilatados certámenes poéticos.
Apegándonos al texto novohispano, el arco triunfal ubicado frente a la iglesia de san Francisco (hoy Eje Central Lázaro Cárdenas y Francisco I. Madero, antiguamente Plateros) era “de treinta varas de altura con dos cuerpos jaspeados de colores varios; guardando en el primer cuerpo orden dórica, formó con ocho columnas un pórtico de tres claros, excediendo en la tercia parte de diámetro.” Tanto el intercolumnio como los pedestales contaban con atributos que representaban “la Concepción pura de la Virgen.” El segundo cuerpo “era de orden jónico, revestidas sus columnas, que eran cuatro de follajes y brutescos; en su comedio parecía un altar de dos haces con el glorioso S. Eloy, patrón de los plateros.”(13)
Desde el templo de la Compañía de Jesús (o sea La Profesa, en las ahora calles de Madero e Isabel la Católica) hasta el majestuoso convento franciscano, se levantaron innumerables altares “tan ricos como devotos”, destacando uno “con mucha hermosura [adornado con] seis pilastras de terciopelo, artesonadas de láminas y espejos diamantados.” Otro se alzaba con un lienzo representando la Concepción de María “de tal pincel, que pudiera poner envidia a Apeles.” Y uno más ostentaba doce frontales de plata.(14)
En cuanto a las portadas elaboradas, vale la pena leer con más detenimiento el opúsculo que destaca
una de orden corinthia, revestida de hojas de laurel, y flores;
guardando con tanto rigor el arquitectura, que desde los roleos
de su frontispicio a las basas, no alteraba cosa que no fuese muy
puesta en arte. La segunda joya ganó una portada de papel,
cortado sobre encarnado raso, sujeta su disposición al dibujo,
de manera que a estar ejecutada en mejor materia, sin duda
ninguna fuera lo mejor de esta fiesta. Otras portadas de exquisitas
y costosas arquitecturas se vieron con mucho primor de compostura
que llegaron a treinta las mejores; cuya forma y traza se puede
comprender debajo del nombre de composita.(15)
La decoración exterior de las calles o
colgaduras mostraron el fevor inmaculista de la capital novohispana, destacando
lo que dió mayor honor a los profesores de la platería...
cien retratos de plateros insignes, entre los cuales había
dos reyes de España, dos príncipes, dos virreyes,
dos emperadores de Alemania, dos archiduques de Austria,
dos cardenales, dos obispos, dos ángeles, y... el mismo
Dios hecho platero en la concepción de la virgen.(16)
Y concluye el escrito señalando que
de este modo dieron vuelta los famosos plateros a las principales
calles de la ciudad y nobles Casas de Cabildo, Palacio, Universidad,
Arzobispo, Inquisición, marqués de Villamayor, marqués del Valle
y conde de Santiago.(17)
Relación apegada como todas la de la época a las pretensiones de exhaustiva exaltación, develando “hasta el más mínimo detalle en los hechos y celebraciones”,(18) es fuente indispensable para el estudio, tanto de las fiestas citadinas como de la arquitectura perecedera, que en su momento abría nuevas pautas en el arte, sin olvidar claro la destacada participación del gremio de plateros y su importancia en el ámbito novohispano.
Paralelamente, en el aspecto laboral los diversos talleres de platería localizados en la ciudad de México, al igual que los situados en otras regiones como Puebla, Mérida, Pachuca, Querétaro, Zacatecas y Oaxaca se avocaron, gracias a encargos del clero y la sociedad, a la exaltación de la Inmaculada Concepción mediante la manufactura de un sinnúmero de cálices, custodias, cruces, atriles, portapaz, limosneros y frontales en los que emplearon “soluciones artísticas e incluso combinaciones de materiales” propios de cada lugar, dando pie a nuevas propuestas estilísticas, en un principio manieristas y más tarde decididamente barrocas.(19)
El rey Felipe IV prosiguió en España los esfuerzos para dar a entender el privilegio inmaculista, obteniendo del papa Alejandro VII la bula
Solicitudo omnium ecclesiarum (1661) que permitió la institución obligatoria del
precepto de su fiesta: “el alma de María, en el primer instante de su creación e infusión en el cuerpo, fue, por gracia especial de Dios y en virtud de los méritos de Jesucristo redentor del género humano, preservada inmune del pecado original”. Esto fue logrado por el monarca antes de que la propia Iglesia oficializara su culto, por lo que en el mundo iberoamericano continuó todavía por largo tiempo la tenaz oposición de los dominicos y otros teólogos racionalistas, seguidores del pensamiento de Tomás de Aquino y su
Suma teológica.
Sin embargo cada vez fueron más los pensadores que se unieron al fervor concepcionista, destacando sor Juana Inés de la Cruz quien no sólo a través de su voto devocional de ingreso al convento de san Jerónimo,(20) sino también de otros escritos (entre ellos glosas y villancicos), aprovechó el canon establecido por la devoción mariana y presentó a la Virgen “como el ser por excelencia, no sobrepasado por ningún otro", puesto que "María no es Dios, pero es / quien más a Dios se parece”.(21)
Clemente XI fue quien en 1708 elevó a fiesta de precepto la plenitud de gracia de María; desde entonces el fervor aumentó en tal forma que en 1760 fue declarada la Inmaculada Concepción patrona de España y de sus reinos, propagándose ampliamente la devoción a lo largo del país. En los siguientes años pasó a ser patrona de la Nueva España; Carlos III decretó (30 de enero de 1762) que “en conformidad de la Real Cédula se celebre el Patronato de Nuestra Señora de la Concepción y corra la Noble Ciudad con todo”.(22)
Finalmente el 8 de diciembre de 1854 (basado en la definición de san Agustín que estableció la fecha), tras once siglos de proclamaciones y polémicas marianas, el papa Pío IX promulgó la bula
Ineffabilis Deus que preconizó la definición dogmática de la Inmaculada, privilegio por el cual solamente la Virgen María de entre los descendientes de Adán y Eva, se había preservado de toda mancha del pecado original desde el instante mismo de su concepción.
La devoción a la Inmaculada dio inicio poco tiempo después del descubrimiento de América, difundiendose a la par de la evangelización, y su fiesta litúrgica fue –como lo hemos visto- una de las más importantes a lo largo de los virreinatos, desde Nueva España hasta Perú.
La sociedad mexicana “no sólo vivió con plenitud la cultura hispánica –la religión y el arte, la moral y los usos, los mitos y los ritos- sino que la adaptó con gran originalidad a las condiciones del suelo americano y la modificó sustancialmente”.(23) Parte de esa asimilación se debió sin duda alguna a uno de los gremios mineros más importantes de la Nueva España, el de los plateros. El México virreinal, su historia y cultura, deben mucho a la activa participación de ellos en los ámbitos laboral, social, religioso y artístico.
Notas:
(1)- Ramón Gutiérrez, “Los gremios y academias en la producción del arte colonial” en Ramón Gutiérrez (coordinador),
Pintura, escultura y artes útiles en Iberoamérica, 1500-1825, Madrid, Ediciones Cátedra, 1995, p. 27.
(2)- Ramo Inquisición, tomo 485, Archivo General de la Nación.
(3)- Verdad “revelada por Dios” y propuesta como tal por el magisterio de la Iglesia, basándose en antiguas y continuadas prácticas llevadas a cabo desde tiempos apostólicos.
(4)-
Génesis, 3,15, en
Sagrada Biblia, versión directa de las lenguas originales por Eloino Nacar Fuster y Alberto Colunga Cueto, O.P., trigesima octava edición, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1978,p. 6.
(5)- Concilio Niceo, sesión VII, en Juan Plazaola, S.J.,
El arte sacro actual, estudio, panorama, documentos, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1965, p. 543.
(6)- Santiago Sebastián, “Tipología mariana” en
El barroco iberoamericano, mensaje iconográfico, Madrid, Ediciones Encuentro, 1990, p. 142.
(7)- Mina Ramírez Montes, “Los santos y su devoción en la Nueva España” en
Universidad de México No. 514, México, Universidad Nacional Autónoma de México, noviembre 1993, p. 13.
(8)- Reproducido parcialmente por Guillermo Tovar de Teresa,
Bibliografía novohispana de arte, primera parte, impresos mexicanos relativos al arte de los siglos XVI y XVII, México, Fondo de Cultura Económica, 1988, pp. 54 a 57.
(9)- Archivo Histórico del Ayuntamiento de la ciudad de México, 1618, 361-A, citado por María de los Ángeles Sobrino F., “Entre la especulación y el obrar: la función de la Emblemática Mariana” en Jaime Cuadriello (et. al.),
Juegos de Ingenio y Agudeza, la pintura emblemática de la Nueva España, México, Museo Nacional de Arte,1994, p. 194.
(10)-
Ibid.(11)- Antonio Rubial García,“Introducción” en Francisco de Florencia, Juan Antonio de Oviedo,
Zodiaco Mariano, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1995, pp. 23 y 24.
(12)- Antonio Bonet Correa, “La fiesta barroca como práctica del poder” en
Fiesta, poder y arquitectura, aproximaciones al barroco español, Madrid, Akal, 1990, p. 30.
(13)- Guillermo Tovar de Teresa,
op. cit., p. 55.
(14)-
Ibid., p. 55.
(15)-
Ibid., pp. 55 y 57.
(16)-
Ibid., p. 57.
(17)-
Ibid.(18)- Antonio Bonet Correa,
op. cit., p. 8.
(19)- Cristina Esteras Martín, “Aproximaciones a la platería virreinal hispanoamericana” en Ramón Gutiérrez,
op. cit., pp. 377 a 403.
(20)- “Docta explicación del misterio, y voto que hizo de defender la Purísima Concepción de Nuestra Señora, la Madre Juana Inés de la Cruz” (1694) en Sor Juana Inés de la Cruz,
Fama y Obras Posthumas del Fenix de Mexico, decima musa, poetisa americana, Sor Jvana Ines de la Cruz..., Madrid, Imprenta de Manuel Ruiz de Murga, 1700.
(21)- Georgina Sabat de Rivers, “Ejercicios de la Encarnación: sobre la imagen de María y la decisión final de sor Juana” en
Literatura Mexicana, vol. I, Núm. 2, Universidad Nacional Autónoma de México, 1990, pp. 356 y 357.
(22)- Martha Fernández, “Inmaculada Concepción” en Elisa Vargaslugo, José Guadalupe Victoria (
et al.),
Juan Correa, su vida y su obra, repertorio pictórico, tomo IV, primera parte, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1994, p. 62.
(23)- Octavio Paz,
Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe, Barcelona, Seix Barral, 1982, p. 68.
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Conaculta,
Ventana interior No. 32, abril-junio de 2005, pp. 44-48.