Ante todo, agradezco la inesperada invitación para participar en este acto organizado por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y me disculpo por estar con ustedes, pero a la distancia desde Tarragona.

Jorge Luis Borges, reflexionando en alguna clase magistral sobre el libro y su significado, puntualizó que el libro era un instrumento diferente, superior a los demás creados por el hombre en tanto que éste, a diferencia de los otros, no es como un arado o una espada, tampoco es sustituto o prolongación de un brazo, o del ojo humano (como sí lo son el microscopio y el telescopio), sino una verdadera y tangible “extensión de la memoria”.
A lo largo de su dilatada historia, el libro ha sido un territorio fértil para la imaginación, lugar donde ésta se nutre y crece, despliega sus dudas y obtiene certezas y deslumbramientos, dialoga con los muertos y ofrece un testimonio veraz para los que nos precedan. En los libros como en ninguna otra creación humana, los hombres dialogan con los hombres, se cuestionan su pasado, su presente y su porvenir, y con ellos traspasan fronteras y se acercan a sí mismos, viajando a regiones no imaginadas todavía y enriquecen su legado. Pero ante todo, los libros son un acto de generosidad suprema. Todo en un libro lo implica: su creación, su edición, su difusión y desde luego lo más importante para todo autor: su lectura.

Hoy nos convoca en esta monumental Feria de la cultura libresca, el reconocimiento a un humanista mexicano que nos ha compartido a través de innumerables textos, su irrestricto amor "por el irrecuperable y evasivo pasado", ese que con pasión ininterrumpida resguarda, conserva, disfruta y revive a través de sus entrañables "papeles viejos".
En México, la bibliofilia no ha significado –por fortuna- únicamente el coleccionismo para la creación de "cámaras de maravillas"; por el contrario ha sido y es a través de personajes como el doctor Elías Trabulse, tanto el rescate de la memoria histórica, como la salvaguardia de documentos que constituyen el pasado de la cultura universal.
Heredero de la tradición bibliográfica cultivada en nuestro país por eruditos como Adrián de Boot, Henrico Martínez, Melchor Pérez de Soto, Juan Sánchez Baquero y Francisco Xavier de Gamboa, los estudios emprendidos por Trabulse han revalorado los aportes de las mujeres y los hombres de letras y de ciencia, desde el calendario mesoamericano y la astronomía maya hasta el Códice de la Cruz-Badiano de Martín de la Cruz; de la modernidad ilustrada de jesuitas como Miguel del Barco, Juan Jacobo Baegert, Andrés de Guevara y Alejo de Orrio, al materialismo científico de Juan Antonio de Olavarrieta; y de las reflexiones sobre la historia de la ciencia de Alfonso Reyes, al placer de Juan Rulfo por los primero cronistas de Indias.
La obra de Elías Trabulse es también la trayectoria de una disidencia: la del tránsito gradual de una concepción de la historia de la ciencia y la literatura novohispanas, al despertar de otra que ha trastocado los esquemas mentales de las academias mexicanas del siglo XX y que en nuestros días lo sigue haciendo. A través de sus investigaciones, el homenajeado nos ha permitido comprender cual ha sido la génesis de la ciencia mexicana, sus indisolubles vínculos con las humanidades y su lugar dentro de la historia general de México. Y en un permanente juego de "ecos y reflejos", nos ha permitido comprender su alcance e importancia en el desarrollo científico e histórico mundial.
En el ámbito académico, la obra siempre erudita de Elías Trabulse ha sido y seguirá siendo una eclosión indispensable del pensamiento y la imaginación, para mejor percibir la naturaleza del universo sideral y nuestro universo terrenal. Por medio de su quehacer histórico nos ha revelado, a través de una empresa tan ardua como seductora y sugerente, textos científicos -impresos o manuscritos- que proponen siempre nuevas teorías explicativas. Y esto en México como en el resto del mundo, significa también la historia de una lucha permanente y tenaz entre la preservación de todos esos testimonios y su siempre pretendida e injustificada destrucción.
Lo que él hace, como buen heredero de esa larga tradición de hombres y mujeres preocupados por recabar puntualmente lo acontecido, es “una historia viva” escrita con una prosa sensible y siempre cálida, como buen promotor y defensor que es también, de "nuestras particularidades". Tanto en El Colegio de México y las universidades Nacional Autónoma de México e Iberoamericana, además del Instituto Tecnológico Autónomo de México -y ahora en la Universidad de California-, ha formado generaciones de investigadores que hoy, por caminos diversos (como no me dejará mentir Alberto Sarmiento), prosiguen y extienden su ejemplo: oponerse a la inmovilidad y buscar siempre nuevas formas de historiar y de trabajar por nuestra herencia cultural.
Al igual que don Carlos de Sigüenza y Góngora, Elías Trabulse es un "curioso tesorero de los más exquisitos originales de América". Y a semejanza de su colega fray Diego Rodríguez, la vasta y docta biblioteca de este hombre de ciencia es, sin duda alguna, "la historia de su obra". Resulta inevitable la pasión que los manuscritos y libros antiguos ejercen sobre él. Explorador curioso y ávido de "papeles viejos", gracias a ellos continúa aprendiendo, investigando y experimentando.
Asimismo, leyendo sus trabajos podemos conocer entre líneas, el dilatado y en ocasiones tormentoso camino que lo ha llevado, por fortuna, al rescate y conservación de una considerable parte del acervo bibliográfico de nuestro pasado.

Por intereses personales y laborales, los estudios iconográficos y artísticos han tenido presencia constante en mi quehacer profesional. De ahí que los ensayos que el doctor Trabulse ha dedicado al arte y la ciencia me resulten los más estimulantes y cercanos.
Las imágenes han tenido los mismos privilegios que la palabra y la escritura, puesto que son -nos dice Serge Gruzinski- "el vehículo de todos los poderes y de todas las vivencias". La estrecha relación mantenida entre la ciencia y la iconografía no es reciente: los libros científicos ilustrados aparecieron en el siglo XV, mientras que los dedicados solamente a la estética son apenas del siglo XVIII. En magistrales estudios, desde Cartografía mexicana (1993) hasta Arte y Ciencia en la Historia de México (1995), pasando por Archipiélagos Siderales. Eclipses y astronomía en la historia de México (1991), José María Velasco y la Flora del Valle de México (1991) y José María Velasco. Un paisaje de la ciencia en México (1992), Trabulse nos ha mostrado cómo en muchas ocasiones, es a través del arte que la ciencia ha configurado su propia historia.
Hasta ahora, señala nuestro autor, ninguna doctrina científica moderna ha prescindido de la iconografía, en virtud de que no ha sido considerada como mera ilustración didáctica o pedagógica, sino como una "verdadera neo-escritura, capaz de inventar por sí misma un universo." Y concluye señalando que todos los tipos de mentalidad científica prevalecientes en el desenvolvimiento de la ciencia mexicana, se han caracterizado por su lenguaje, su escritura y por la iconografía que emplearon.
Invaluable patrimonio cultural, tanto la cartografía como la iconografía científicas han “sobrevivido” en nuestro país desde las épocas precolombina y novohispana, hasta nuestros días. La lista es larga y prominente en cuanto a autores, títulos y obras artísticas y científicas: el Códice Florentino de fray Bernardino de Sahagún; la Geometría práctica de Joseph Sáenz de Escobar; Los cuatro elementos: la tierra y el aire del incompleto biombo que se conserva de Juan Correa; el "máximo poema filosófico de la literatura castellana", Primero sueño de Sor Juana Inés de la Cruz, que emplea imágenes herméticas tomadas de la Masurgia Universalis y del Itinerarium Exstaticum de Athanasius Kircher; la Apología de las Ciencias y las Artes que Miguel Gerónimo Zendejas pintó como exaltación de la ciencia ilustrada; las revolucionarias ilustraciones botánicas de Atanasio Echeverría; las litografías de El Museo Mexicano de Manuel Payno y Guillermo Prieto, editadas por Ignacio Cumplido; y finalmente las acuarelas de Alfredo Dugès, así como las de Velasco y Rafael Montes de Oca, autores de uno de los "legados artísticos más notables", la Iconografía Botánica Mexicana.
La iconografía de la ciencia mexicana se mantuvo a la altura de los nuevos tiempos y es a través de ella -nos dice Trabulse- que podemos "percibir los momentos más importantes de su desarrollo, así como los de crisis y estancamiento".

Como dijera don Luis González sobre nuestro bibliófilo cuando presentamos en 1992 su Descripción geográfica de América (1628), "Trabulse es un experto en dar mucho" a través de sus estudios. En lo personal, desde los años ochenta en que lo busqué para que diera una charla al pie de la tumba del autor del Parayso Occidental, el mejor regalo que me han dado sus lecturas y la edición de dos de sus libros, es el enseñarme a entender y ver al mundo con escepticismo, pero también con permanente curiosidad y deslumbramiento. Y en cuanto al privilegio de sus siempre generosas charlas, su legado siempre ha sido de naturaleza socrática, la de un erudito conversador.
Hombre de ciencia con una permanente avidez intelectual heredada de sus maestros, entre ellos el doctor Edmundo O´Gorman, estoy seguro que recuerda todavía aquella insuperable frase de Carlos Monsiváis en cuanto a que "hay cosas que sabe el cine, que las ignora la vida". Por ello no fue extraño encontrar a tan doctos académicos (O´Gorman y Trabulse) una tarde de 1993 en Tlalpan, disfrutando de la interpretación cinematográfica de Steven Spielberg sobre el período jurásico superior, aunque para fortuna de nuestros dilectos espectadores, todavía no en tercera dimensión.
Al contrario de quienes tienen miedo de ser criticados y por ello no dicen nada, así como de los que "por temor no puede imaginar y revivir los hechos, [sino] tan sólo los enumeran", Elías Trabulse mediante sus trabajos sobre la enigmática sor Serafina de Cristo "ha quebrado -diría Franz Kafka- la mar helada" de varios de los "doctos" académicos que en estos tiempos se precian de serlo.
Mientras otros están más preocupados por la efímera fama, a través de la utópica "demolición intelectual" de quienes realmente están dedicados a dar una nueva luz sobre la cultura mexicana, nuestro homenajeado ha hecho de su quehacer científico, histórico y de bibliófilo, una forma de contemplación, un "acto íntimo, espiritual", profundamente personal, pero que sin titubeos, nos comparte. Y en esto también debemos recordar a Borges, quien nos dice que los libros "viejos" no son sólo una extensión de la memoria y de la imaginación, sino también una de las mejores "posibilidades que tenemos los hombres de encontrar felicidad y sabiduría".
El doctor Trabulse, en una reposada charla que sostuvimos en septiembre de 1988, me habló de libros "a los que uno siempre regresa" y de escritores que una vez conocidos, "se quedan con uno para siempre". Y recordó con satisfacción de buen lector, a autores como Gibbon, Ranke, Renán, Burckhardt, Clavijero, Voltaire, Tucídides, Alamán y Polibio, además de los cronistas coloniales.
Fruto de ese permanente diálogo con autores, manuscritos y antiguos libros, agradecemos sus estudios y ediciones sobre la obra de los jesuitas Félix de Sebastián y Francisco Xavier Clavigero; del arzobispo de Charcas don Benito María de Moxó y Francolí; del dominico Juan Caballero; el teólogo Josef Ignacio Heredia y Sarmiento; y desde luego y en primer lugar, de sor Juana y Sigüenza y Góngora.

Durante la primera mitad del siglo XX, al agradecer un reconocimiento por su obra literaria, don Miguel de Unamuno alabó "tan merecido premio" que se le otorgaba. En ese acto, alguien se atrevió a comentarle que los anteriores premiados siempre habían hablado del "inmerecido reconocimiento", a lo cual respondió de inmediato "¡y cuánta razón tenían!"
Cuando en 1994 le entregué a Carlos Monsiváis los pequeños tomos de la editorial Textos dispersos, el que primero hojeó con particular interés fue Ciencia mexicana. Al principio supuse que sería por el último ensayo, dedicado a Alfonso Reyes. Tiempo después comprendí que en realidad era por el autor, a quién Carlos reconoció hasta el último momento, como un intelectual "distinto e indispensable" en el panorama académico mexicano.
Hoy en Guadalajara, dos actos generosos nos reúnen en torno a nuestro homenajeado: la certera y pertinaz recomendación de Monsiváis para entregar este reconocimiento y la puntual respuesta de Nubia Macías, arquetipo de la –todavía- buena gestión cultural que hay en México. El doctor Trabulse es ante todo un trabajador de, por y para la cultura de nuestro país. Sin él no se podrían haber recuperado valiosos momentos de la historia de la ciencia y las letras novohispanas, ni tampoco se habrían salvaguardado innumerables tesoros bibliográficos.
Para concluir, vale la pena traer a nuestra memoria estas palabras que José Emilio Pacheco dedicó a Vicente Rojo, y que bien pueden ser adoptadas y adaptadas para nuestra causa: "En un momento en que de nuevo el odio, la intolerancia y la irracionalidad nos amenazan por todas partes, la obra y la presencia del [gran humanista y bibliófilo que es Elías Trabulse] se vuelven, hoy como nunca, un modelo y un motivo de esperanza."
Estimado doctor, aunque a la distancia, pero siempre en la permanente cercanía de la amistad, le mando un abrazo fuerte durante esta ceremonia en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que es en realidad un acto de justicia para uno de los más destacados defensores del patrimonio bibliográfico mexicano.
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Texto leído por Nubia Macías, Directora de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en el homenaje a Elías Trabulse como Bibliófilo del año (1 de diciembre de 2010).